lunes, 18 de febrero de 2019

Memorias de Benínar. Entrevista a Juan Gutiérrez Ruiz.


Esta entrega es la segunda de lo que en su día llamé Memorias de Benínar. Os recuerdo que con estas entrevistas  pretendo recoger parte de las vivencias de los benineros dentro y fuera de su pueblo. Resumir en unas páginas una vida es imposible pero por algún sitio se ha de comenzar.

Desde la creación de la Asociación Plaza de Benínar organizamos anualmente un día de convivencia entre benineros y amigos en el camping del pantano, así nos relacionamos y compartimos memorias, vivencias y experiencias del pasado.

Siempre aprovecho la ocasión para entrevistar a alguien, ese año de 2016 veo a Juan Gutiérrez y qué mejor ocasión. Se lo propongo, acepta y damos una vuelta buscando un lugar tranquilo, lejos de ruidos. Al final nos sentamos en las escaleras que dan a la trasera de la cocina, es el lugar más tranquilo que hemos podido encontrar.

Definir a Juan Gutiérrez Ruiz es fácil. Es una persona afable, familiar, trabajadora, dinámica e inteligente que supo conquistar y llevar al altar a lo mejor que la tierra catalana ha dado, a su María.


       Juan con María y su hija en las fiestas de Benínar en 1978


Normalmente me gusta empezar las entrevistas preguntando sobre la infancia o barrio del pueblo donde nació, pero como estábamos hablando sobre los pelados que se daban los chiquillos, así comienzo.

Juan, ¿Cuantas barberías había en el pueblo?

“Que yo recuerde había dos. A mí me cortaba el pelo Antonio el de “doña Rosa”, Antonio Sánchez, que era primo de mi madre y hermano de Mariana y de Rosario que vivía en la Vegueta, abuela de Pepe Añez. Tenía la barbería en la Placetilla del Estanco, en una casa que hacía un ángulo lindando con la de Cecilio. Estaba casado con Soledad, que era sobrina de una maestra que tuvo Benínar, doña Rosa, maestra de mi madre, la pobre acabó ciega. 

Este hombre tocaba el violín, lo tenía colgado detrás de la puerta de la barbería y yo aluciné una vez que lo vi tocar. Me acuerdo que cuando fui al seminario, Rosario Peinado (de los Peinado de Granada) tocaba el violín y un día en clase de música, estábamos en Cuevas de Almanzora, dijo que los más aventajados podían dar clase de solfeo con su hermana y preguntó si alguno sabía lo que era un violín. Yo levanto mi mano y dije:

 “yo sí sé lo que es un violín”

“¡Ah sí...! ¿Qué es un violín?”

“Es una guitarrilla pequeña que se toca con una sierra”.

Los profesores que había delante empezaron a reír a carcajada limpia. Yo pienso… “se están riendo de mí pero tengo toda la razón del mundo”, yo muy serio… me dicen, “si fuera una sierra no quedaría ninguna cuerda”, entonces me di cuenta que no sería una sierra.


Antonio Sánchez y su mujer Soledad


Antonio junto a sus hermanas Rosario y Mariana era la única familia que tenía mi madre en el pueblo. Tenía en la barbería un sillón de vaqueta y para los niños nos ponía un cajón. Cortaba el pelo muy adelantado a su tiempo, los cortes que se hacen hoy día los hacía aquel hombre. Cuando llegaba a casa mi madre me decía que me diera la vuelta, yo me ponía negro porque me decía “ve y dile que te quite esa bilbaína que te ha dejado”, volvía a la barbería y me preguntaba “qué Juanico, ¿Qué dice tu madre…?” “Que me quites la bilbaína…”.

También estaba Joseíco “el de Federo”, padre de María Angustias y Pepe Agus, vivían abajo de la calle Real llegando a la Ramblilla, era barbero.

Lo que no había en Benínar era peluquería de mujeres, entonces, las más atrevidas, como mi madre que se atrevía con todo, era un todoterreno. Viuda tuvo que criar a siete hijos… Ella decía “yo te corto el pelo a lo Garzón”. Los Garzón eran una familia que vivía en Hirmes y no entendía que significaba, con el tiempo entendí que cortaba el pelo a lo garsón, que era una palabra francesa, a lo chico, muy corto por atrás. Muchas mujeres fueron a mi casa a pelarse a lo garsón, también iban a Berja a hacerse la permanente.

Recuerdo que cuando tenía ocho años, en un San Roque vinieron unas chicas muy guapas y se pusieron en la casa de Pepe Pérez, en la habitación que había al entrar a mano izquierda que era pequeñita, tenía una reja en la ventana que daba a la carretera, se pusieron allí a hacer permanentes. Los niños estábamos asomados por la reja. Lo primero que me llamó la atención es que le ponían en las orejas unos moldes que parecían de plástico duro casi transparente y no sé qué cosa les ponían en la cabeza que hacía humo, serían los líquidos de la permanente que eran muy fuertes, era un espectáculo verlas echando humo por la cabeza.

La mayoría de las mujeres iban a Berja a la peluquería, salían temprano con la burra para regresar a las 3 ó 4 de la tarde ya que hubo unos años que no pasaba la Alsina.

¿En qué año naciste?

"A finales del 49, en la casa de mis padres".

De izda a dcha mi casa, el transformador y las escuelas



¿Cómo era la casa?

"Era una casa grande, en el Barrio Alto, en medio de la propiedad de los Martín. Era propiedad de mis abuelos maternos, Felipe Ruiz y Ángeles Sánchez.

La casa tenía una cuestecilla para subir, un corral a cada lado, y cuatro chumberas muy grandes que parecían que tenían troncos de pino grande. Debajo había un plantel de almendros que era de Emilia donde hicieron el transformador de la luz y debajo las escuelas.

El portal estaba orientado al sur, dos columnas grandes, un poyo para sentarse, un pesebre para que comieran las bestias y una puerta enorme con un postigo que se abría de la mitad hacia arriba con grandes clavos. Había una ventana con reja que era de un dormitorio que daba al portal. Al entrar, a la izquierda había dos dormitorios, uno interior y otro con ventana. A la derecha estaba el dormitorio cuya ventana daba al portal. En medio la habitación noble de la casa, con una mesa camilla, un espejo enorme con penachos, cuadros con estampas de mujeres de Julio Romero y los bazares con platos de Talavera, botellas de cristal con tapones de colores, luego había una puerta que daba hacia los dos dormitorios y otra que daba a la escalera que subía arriba donde había una habitación a lo largo y tres pequeñas en el lado izquierdo. Una era un dormitorio, en la del centro había un horno para hacer el pan y donde mi madre hacía el queso, era una azotea con dos arcos, la otra habitación era donde teníamos la leña, y cántaros con cal para darle a la casa antes de las fiestas.

La habitación grande tenía una ventana que daba al oeste, era el lugar con mejores vistas al pueblo, se veía desde lo alto de los San Roques, la Cuesta de Berja, el Cortijillo de los Gitanos, el Peñón Carnero y Sierra Nevada, Escariantes, el Cerro de las Casas, los Meloncillo, el Pecho Murtas, Cerrajón y medio Cucanal. Desde las otras ventanas que daban al sur se veía el otro medio Cucanal, los Tajos del Cejor, el Río, los Arenales, el puente, Cortijo de la Mecila, Cerro de las Viñas y el Pecho del Algarrobo hasta la mitad del Carril".


Vistas desde mi casa


¿Cómo fue tu época en el colegio?


"Empecé a los cinco años, fui a las escuelas nuevas en el Barrio Alto. Me sentaba en los últimos bancos, eran viejos, destartalados, llevaba una cartera de tela que me hizo mi madre. Recuerdo ver en los primeros bancos a José Molina y a Miguel Añez “el de Mariana” que vive en Tarragona, Manuel “el de Rosa”… estábamos juntos de cinco a catorce años.

La escuela era de planta plana, tenía una puerta y tres ventanas a cada lado, había un penacho donde estaba la bandera muy nueva. Era nueva, muy limpia, tenía incluso retrete hecho de cemento del que salía un tubo que iba al “albarrás de Frascorro” donde hicieron un pozo negro, aquello era una novedad en Benínar.

En una pared de detrás del maestro había una foto de José Antonio, otra de Franco y un cuadro de la Inmaculada. En el mes de mayo hacíamos “las flores”, se cantaba y rezaba el rosario, creo que sólo eran los sábados.

Había también dos mapas, el físico y el político.


En la escuela


No llegué a terminar el colegio ya que a la edad de once años me fui al seminario. Era monaguillo y creo que heredé la sotana de Paco “el de Doloricas” ya que me llevaba dos años y medio, largos. Siendo monaguillo vino el obispo a Benínar para las confirmaciones. Se llamaba don Alfonso Ródenas García. Durante la misa comenzó a explicar que en el pueblo había muchos niños, que si alguno querría ir al seminario, allí se podía estudiar y el día de mañana ser cura. Preguntó que si alguno de nosotros quería ir levantara la mano, como el obispo estaba mirando al centro de la iglesia y los monaguillos estábamos sentados en un ángulo donde no nos veía, yo levanté la mano, todo el mundo en la iglesia se puso a reír y el obispo miraba pero no veía mi mano levantada, alguien se lo dijo y el hombre me cogió y colocó delante suya con la cabeza apoyada sobre su prominente barriga. Volvió a preguntar ¿No hay nadie más que se anime? El otro monaguillo, que era Antonio Blanco también se animó y Manuel el de Pepa, que no era monaguillo. Fuimos los primeros seminaristas procedentes de Benínar.

Para hacer el ingreso en el seminario nos preparó doña Pepita que era maestra y mujer de don Rafael, el médico. Teníamos muy buena base porque don Salvador era muy buen maestro. Ese verano estuvimos quince días en el seminario de verano de Aguadulce, se llamaba Seminario de la Reina y Señora, era un sitio impresionante, yo no había visto mármol en mi vida hasta aquel momento".

¿Cómo fue tu vida de seminarista?

"Muy bien, encantado, cuando tú llegas a un sitio con agua corriente, con tres platos de comida en la mesa, tu postre, todo muy ordenado y limpio… yo me fui al paraíso.


En el seminario


Fue la primera vez que salí de Benínar, íbamos en un coche negro que tenía el padre de Paco Ramón, creo que era de aquellos de la escolta de Franco. Como éramos tres, con las respectivas madres, Antonio Blanco fue con el cura, don Antonio en una moto marca Ossa que tenía. El cura iba delante con la moto y el coche detrás. Cuando llegamos a Aguadulce y vimos aquel palacio con los arcos mirando al mar, unas escaleras de mármol verde y blanco…


Recuerdo que el agua tenía un sabor horrible, era de pozo y le poníamos una uva que masticábamos al terminar de beber para quitarnos aquel sabor.

En las clases en el seminario no tuve problema, sacaba buenas notas y durante dos o tres años fui de los primeros de la clase. La cosa cambió al llegar al seminario de Almería capital, era más duro y en cuarto me quedaron dos, las matemáticas no me entraban y la física y química.

Los dos primeros años me los pagó don Antonio el cura, después me dieron una beca hasta cuarto de bachiller pero al suspender aquellas dos asignaturas la perdí, mi familia estaba en Barcelona así que con 16 años lo dejé y me fui allí a trabajar".

¿Dónde empezaste a trabajar?

"Mis hermanos querían que siguiera estudiando pero yo quería ganar dinero. Primero estuve aprendiendo mecanografía para un puesto que había en el ayuntamiento, como se lo dieron a otro me fui a trabajar a la fábrica textil donde estaban mi hermano José y mi hermana María Teresa. Al tener estudios me metieron enseguida, pagaban 600 pesetas mensuales pero como quería ganar más me fui al turno de noche que eran 900, te hablo del año 1966-67. Allí estuve durante 40 años. 


Juan con Paco Ramón


La empresa se llamaba Textiles Riba S.A, teníamos clientes de Canadá, Nueva Zelanda, Líbano, Israel…era la tercera en importancia en España cuando cerró. Le hacíamos tela a Adolfo Domínguez, Toni Miró, Margarita Nuez, Burberry…

Cuando empecé a trabajar en la fábrica éramos trescientas y pico personas, cifra que fue disminuyendo conforme se modernizaba.

Ahora trabajan de comerciales y el trabajo se lo hacen tres empresas diferentes de Sabadell.

Allí conocí a mi mujer que también trabajaba en las oficinas. Mi turno era de doce horas, el de ella de ocho, muchas horas juntos, por eso se hicieron muchas parejas allí.

Como ya estaba cerca de la edad de jubilación cerraron la fábrica y me prejubilé".

Juan Gutiérrez y su mujer María Rovira se implicaron desde el nacimiento de la Asociación Plaza de Benínar, colaboran y ayudan a organizar eventos, como San Roque Chico en Cataluña. Allí vive una comunidad grande de benineros que ama su tierra y se niega a olvidarla a pesar de la distancia y del tiempo.


domingo, 27 de enero de 2019

Los años del hambre


Este no ha sido un artículo agradable de escribir. Lo digo porque el documento que tengo entre mis manos, fechado en Turón el trece de marzo de 1781, versa sobre el hambre y miseria que nuestros antepasados sufrieron debido a un pequeño cambio climático. Años de sequía seguidos de grandes inundaciones y por consiguiente a la falta de cosechas que durante décadas sufrió el sureste español. Este documento deja constancia de la penuria que nuestros antepasados hubieron de vivir y explica el por qué de algunas preguntas que alguna vez nos hemos hecho.



Hambruna en Irlanda en el siglo XIX


Recordar el pasado no les gusta a nuestros abuelos, fueron malos tiempos y a nadie le es grato hablar de ello. “¡¡¡Con la abundancia que hay hoy en día!!! ¿Para qué recordarlos?”

Ya son pocos los que no tienen una buena casa, de uno, dos o incluso tres coches, de varios televisores, de teléfonos móviles de última tecnología con conexión a internet 4G, tenemos nuestro propio grupo de wasap, Facebook, Instagram, leemos Blogs, viajamos y vemos en vivo y en directo culturas que antes sólo leíamos en los libros de Julio Verne, Emilio Salgari o veíamos en documentales, comemos los fines de semana en restaurantes, damos dinero a ONGs y apadrinamos niños de países exóticos… llevamos una vida que en nada se parece a la de nuestros antepasados. 

Nuestros actuales agricultores no hacen la agricultura que se hacía en Benínar, aquella era de subsistencia, siempre se sembraba un poco de más para llevarlo a Berja, Turón, Murtas o Ugíjar y venderlo en mercadillos o plena calle. La de ahora es en su mayoría para la exportación, miles de camiones salen de Almería destino al norte para alimentar a millones de personas. Todo empezó con la uva del Barco y ha continuado con los invernaderos.

Muchas veces hemos oído en radio, televisión o a nuestros familiares hablar sobre el hambre que se pasó después de la Guerra Civil en España.


Mosáico del siglo V d.C. Joven alimentando un asno.



Mi padre siendo niño fue testigo de este hecho en un viaje que hizo a Berja acompañando a mi abuelo. En la plaza vio a un grupo de niños descalzos y harapientos que se peleaban por comer los trozos de algarroba y granos de maíz que se les escapaban a un dúo de burros de las cebaderas. Escena que bien podría estar recogida en el Lazarillo de Tormes ya que el hambre no tiene edad, es atemporal y le da igual en que siglo esté.


En los pueblos pequeños la vida era distinta, casi todo el mundo tenía en sus casas gallinas, uno o dos marranos para la matanza, conejos, disponían de un bancal donde cultivar verduras y hortalizas para alimentarse, pero en las ciudades…allí sí que las pasaron canutas.

En la segunda mitad del siglo XVIII, concretamente de 1760 a 1800, ocurrió un fenómeno meteorológico denominado anomalía Maldá (hubo un descenso de la actividad solar que provocó en la Tierra una pequeña edad de hielo, el clima cambió) esto ocasionó terribles periodos de sequía intercalados de breves lluvias torrenciales en el sureste español. No os tengo que recordar qué pasaba entre vosotros los veranos que no llevaba agua el río, imaginaos años sin llover y cuando lo hacía eran diluvios que sólo traían destrucción.

El agricultor siempre mira al cielo esperando la lluvia, pero Benínar tenía su paradoja, grandes manantiales de agua masajeaban sus pies, hay un río subterráneo, sólo había que coger pico, pala y empezar a cavar. Tal vez lo hicieron a la altura de la Rambla de Turón ya que se hablaba que ahí antiguamente hubo una noria cuya agua extraída posiblemente vertería a la acequia de la que molía un antiguo molino, anterior al de Constanza y que la repartiría para el riego de la Vega del Lugar y parte baja del cortijo de la Mecila. Para regar en los Majalones y demás lugares tendrían que hacerlo con cántaros. 


Archivo fotográfico de Pepín Ruiz Ruiz



Esta historia comenzó el tres de marzo de 1781, de madrugada Luis Gutiérrez, alcalde de Benínar junto a Felipe Fernández, montados en sus burros cruzaban el seco río, saludaron a la fuente de la Cañaroa, que ni una lágrima escurría y empezaron a subir por el Cucanal dirección Turón. Allí les esperaba Carlos Batalla, prestamista gaditano afincado en ese pueblo ya que su hermano había comprado la plaza de escribano y con la construcción de la fábrica de plomo había mucho trabajo. Fue la época dorada de Turón.

Días antes nuestro alcalde había convocado a sus paisanos en la plaza, desde lo alto del reducto Luis explicaba a su pueblo que la situación era insostenible, el río y las fuentes estaban secas, apenas había agua para beber o regar ya que “con el motivo de lo calamitoso del presente tiempo, se hacían los vecinos de dicha población de Benínar constituidos en la mayor miseria, sin tener el agua alguna para su alimento y labranza de sus haciendas…”. Decidieron echarse en manos de ese prestamista y tres mil reales le pidieron para repartirlos entre las familias más necesitadas. Estas a su vez tenían hasta el mes de agosto del mismo año para devolverlo, sus tierras y casas pusieron como aval.


Noria



Hasta ahora desconozco si ese dinero se usó para comprar alimentos o para obras de infraestructura que paliaran la voraz sequía (construcción de la noria y ampliación de la red de acequias sería lo más lógico) o ambos. Lo cierto es que a partir de ese año muchas propiedades de benineros pasaron a manos de habitantes de Turón o Berja. Muchos decenios de duro trabajo y ahorro debieron pasar para que parte de aquella tierra volviera a ser de nuestra propiedad. Hasta el último tercio del siglo XIX Benínar no salió del subdesarrollo y miseria que aquel cambio climático provocó.





Ahora querido lector, si eres descendiente de este pueblo entenderás algunas cosas. La primera es por qué había tanta tierra en manos de forasteros, la segunda sería el origen o ampliación de alguna acequia, la tercera fue la aparición de apellidos nuevos en el pueblo (Maldonado, Calvache, Roda… personas que compraron a Carlos Batalla aquellas tierras y se fueron a vivir allí), por último el por qué de la descripción tan miserable que hizo de nuestros antepasados el suizo Charles Didier cuando pasó por la calle Real en 1836.


Os reproduzco el fragmento de su libro “Viaje a la Alpujarra de 1836”, así nos vio:

“… la mula perdió un hierro y tuvimos que dejar la hondonada y subir al caserío perdido de Barita, donde no se encontró ni herradura ni herrador; tuvimos que seguir más mal que bien hasta Benínar, donde fuimos más afortunados. Estos dos pueblos situados el uno y el otro encima del ancho río Adra, que se cruza sin puente, ni que decir tiene, pertenecen a las antiguas tahas de Cebel o Zueyel y están hoy en los límites de la Alpujarra. ¡Pero, Dios, que pueblos! Renuncio a describirlos. Imagínese todo lo que puedan lo más desolado, lo más desesperado, y todavía quedarán debajo de la realidad. Y los habitantes, ¡qué aspecto más salvaje! ¡Qué abandono de ellos mismos! ¡Qué harapos! ¡Qué ignorancia de todo! Olvidados por la civilización en medio de rocas estériles que rascan de padres a hijos, para que rindan un poco de trigo, un poco de vino, las cosas de primera necesidad; están tan lejos de la civilización como si vivieran en los altos valles del Atlas o del Himalaya. Nuestra irrupción en Benínar fue un acontecimiento: la tienda ¿qué digo?, la cueva del herrador fue pronto asediada, invadido por la población entera. Las mujeres eran las más curiosas y las más inoportunas; todas a la vez tiraban de mis ropas para saber de qué tejido estaban hechas, y si yo era de carne y hueso como todo el mundo. Mientras tanto, los niños con camisa o sin camisa me subían por las piernas, y sus padres y sus abuelos echaban a escondidas unas sombrías y hurañas miradas sobre mi escolta y sobre mí. No hay ninguna duda de que si hubiera estado solo, estos beduinos de España, habrían ido a esperarme, con la escopeta en mano, en la esquina del primer bosque o del primer peñasco. Aquel día, estoy profundamente convencido de ello, debí mi vida a los dos carabineros de la inocente Isabel.

Había andado todo el día en el fondo de barrancos ahogados, tenía necesidad de aire y de espacio; mi deseo fue cumplido: la larga y penosa costa de San Roque me condujo sobre una extensa meseta descubierta donde el horizonte se abrió de golpe ante mí. La sierra de Gádor me apareció desde allí en todo su extensión…”

Estas últimas palabras las publiqué en este blog el 14 de junio de 2008, algún lector se indignó por su realismo, a mi en cambio me provocaron orgullo. Orgullo de descender de un pueblo del que gracias a su sacrificio y trabajo, sobrevivieron y hoy podemos estar cómodamente sentados en un sillón delante de un ordenador leyendo esto.


domingo, 21 de octubre de 2018

El octubre negro de Benínar. Centenario de la epidemia de gripe de 1918

Hace unos años publiqué un artículo en el blog de Plaza de Benínar hablando sobre los efectos del virus de la Gripe Española de 1918. Coincidiendo que este mes se cumple cien años de su paso por Benínar os voy a dar más datos sobre lo que aconteció en nuestro pueblo.

Hoy no os voy a hablar de lo que es un virus, de lo que es una cepa, ni del desarrollo de la enfermedad y acontecimientos mundiales que produjeron, para eso está el buscador de Google, buscad y encontrareis estudios muy buenos sobre el tema. Este trabajo es sobre Benínar, para que nuestros descendientes sepan que la vida de sus ancestros pendió de un hilo (o mejor dicho, de un virus).

Como bien os dije en mi anterior artículo, cada vez que subo a Hirmes saludo al buen doctor, a don Eugenio Sánchez Quero que luchó contra esta enfermedad en el hospital de Ugíjar y perdió la batalla. Cada vez que visito nuestro cementerio presento mis respetos a sus restos por haber cumplido con su juramento Hipocrático y no haber salido huyendo como otros muchos hicieron.


Juramento Hipocrático Bizantino del siglo XI. Biblioteca del Vaticano.


En este artículo quiero recordar a otro olvidado de Benínar, a Juan Sánchez Quero, hermano del anterior, ya que fue el médico que dio consuelo a los enfermos, el que luchó contra la enfermedad en Benínar y que fue olvidado por el simple hecho de sobrevivir a esta. Si hubiera caído en el campo de batalla seguro que también habría tenido busto en la plaza. Y es que como bien dice el refranero español “Nadie es profeta en su tierra” (salvo don Eugenio).

Este año se cumple el primer centenario de la epidemia de gripe que causó de 50 a 100 millones de muertos en el mundo.


El virus llegó a Benínar a finales de septiembre y el siguiente mes fue el de mayor mortandad. Lo he llamado “el octubre negro de Benínar” ya que segó la vida de 38 vecinos.

En el siguiente gráfico vemos la evolución de la mortandad en Benínar de 1907 a 1921. Observe el espectacular aumento de fallecimientos en 1918.




Por los datos que he podido recoger y estudiar, los primeros casos se dieron en Hirmes y pocos días después Benínar. Esto no quiere decir que un lugar infectara al otro. Benínar y su anejo Hirmes eran los lugares de tránsito de viajeros procedentes de Berja y Adra que iban a la parte alta de la Alpujarra y viceversa.

Por poneros un ejemplo de cómo pudo ocurrir la infección: en aquella época el anís de Benínar tenía fama internacional y los viajeros, después de cruzar el Llano, subir por el río o llegar a Hirmes, una copa de aquel afamado anisete en la tasca local calentaría el cuerpo dando fuerzas para seguir el camino a aquel maltrecho cuerpo que sufría la enfermedad. Un par de estornudos o toses en aquel local fueron suficientes para infectar a alguno de los presentes y comenzar la epidemia.

El virus era más virulento en la juventud y causó mayor número de muertes. No es fácil imaginar en una casa a todos sus miembros infectados y ver los padres morir a sus hijos.

En el siguiente gráfico podemos ver los óbitos por grupos de edad, se observa que el virus era más virulento con los jóvenes.





En el siguiente gráfico vemos los fallecimientos por meses. El mes de octubre fue donde la enfermedad estaba en su cenit, el número de contagios era más elevado y por ende, el de muertos también. Las epidemias hacen su aparición, aumenta el número de individuos afectados hasta un máximo y a partir de ahí el número de casos va descendiendo hasta desaparecer.






En el siguiente gráfico podemos ver las defunciones día a día durante el mes de octubre, del 13 al 19 inclusive es cuando hay mayor número de casos y de muertes. Fue una semana terrorífica donde el cura párroco decidió no tocar a difunto para que los enfermos no se deprimieran. Había mucho miedo en la población a contraer la enfermedad.





En el siguiente podemos ver el gráfico de fallecidos por edad, vemos que el de mayor edad tenía 43 años.





Ahora os daré una pequeña biografía de don Juan Sánchez Quero, ese médico de Benínar que se jugó el tipo día a día viendo como fallecían sus pacientes y amigos sin poder hacer nada, ya que la medicina de la época no estaba a la altura.



Juan nació en Benínar en 1873, terminó Bachiller veinte años después y cursó los estudios de Medicina y Cirugía terminando en 1899. 


Juan Sánchez Quero con su hija Araceli en su moto marca Indian.




Primero ejerció en Murtas y en 1908, al quedar vacante la plaza de médico en Benínar por dimisión del que la ocupaba, se le nombró. Durante treinta años curó y cuidó a nuestros abuelos. 



Convenció a su hermano José, arcediano de la catedral de Granada, para que cediera al pueblo la parte del agua que le correspondía de la fuente de la Cañarroda para el suministro de agua potable, erradicando de una vez por todas las epidemias de cólera, disentería y similares que se transmitían al beber el agua del río.

Esta donación salvó la vida de muchos de nuestros antepasados, hecho que no debemos nunca olvidar.

Este fin de semana, cuando suba a Hirmes, le diré al busto del buen doctor, que allá donde esté, le dé las gracias a su hermano por los servicios prestados al pueblo de Benínar. Cuando vaya al cementerio se los daré en persona.

Saludos.

domingo, 29 de julio de 2018

El primer maestro de Benínar

Cada vez que voy a Hirmes, al entrar en la plaza saludo al busto del buen doctor, a don Eugenio Sánchez Quero, que sin media oreja y escasa nariz ojea con mirada perdida el lugar donde un día estuvo el pueblo en el que nació.

Pero yo os digo que a su lado falta otra estatua, la de aquel que olvidado por el tiempo y conciudadanos dedicó su vida a transmitir sus conocimientos a la juventud del pueblo, os hablo del primer maestro que tuvo Benínar. Su misión y logros fueron grandes, nada más y nada menos que comenzar a alfabetizar a nuestros antepasados. Os hablo de don Antonio Sánchez Campoy.

No soy persona que guste referir a los demás con dones, mi abuela me decía que el don o doña lo daba el dinero o los títulos, yo gusto usarlo sólo para aquellas personas que por sus hechos se lo han ganado. Los maestros insertan una semilla en su alumnado, la calidad de ambos determinará su desarrollo.



Foto hallada en Benínar en 1982


Esta foto la encontró un beninero en la casa que perteneció a su bisabuelo materno Policarpo Sánchez. No sabemos quien fue ¿Sería nuestro maestro?

Para que entendáis lo que comenzó este hombre, busco en hemeroteca y rescato las palabras que nuestro querido amigo Rafael Bailón (por cierto, también docente y de los buenos) escribió en un artículo publicado en este blog sobre el analfabetismo en Benínar hace unos años:

“Duele escribir esto. Duele incluso leerlo. Pero la cruda realidad fue ésa: en 1860 Benínar era el pueblo más analfabeto de España. Sólo 3 de cada 100 personas sabían leer y escribir. O dicho de otro modo, el 97% de la población era completamente analfabeta. En cambio, cuarenta años después, en 1900, Benínar era uno de los pueblos de Almería con menos analfabetos. Pasó de un extremo a otro en menos de dos generaciones... ¿Por qué lo uno y por qué lo otro?” (Datos procedentes del Instituto Nacional de Estadística).

Veamos los motivos de este cambio.

En 1860 nuestro pueblo tenía 1090 habitantes, sólo 33 personas sabían leer y escribir, 1057 eran analfabetos. La situación económica era buena, el trabajo en las minas repercutía favorablemente en la economía local. Las tiendas fiaban, los mesones se llenaban de mineros, había herreros, esparteros, arrieros, albarderos… se construían molinos, almazaras, los agricultores creaban nuevos terrenos de regadío y vendían fácilmente la producción. Todo debido a que había dinero en circulación. En esas condiciones de vida y mentalidad la educación carecía de importancia, lo primordial era ganar dinero para invertirlo en la compra de tierra. 

Un antepasado de la época te diría ¿De qué sirve la cultura a la hora de picar galena, de transportarla, de plantar maíz o tomates, de herrar un mulo…? ¿De qué sirve saber leer y escribir en un pueblo sin libros ni periódicos?

En su cénit Benínar tuvo hasta notaria, ya no había que perder una mañana para ir a Berja y registrar la casa o tierra que con el dinero de la minería se ahorraba. Tal era el poder y ambición que reinaba en esta tierra que por suscripción popular se construyó una torre campanario en la iglesia, la quisieron mejor que la de Darrícal y acabó como la de Babel.
A comienzos del siglo XX en el pueblo había 1092 habitantes y era de los que menos analfabetos tenían en la provincia, ¿Por qué?

Hay un cambio en la producción de la riqueza, la minería está en su ocaso y la uva del Barco en su Cénit. Ya no es necesario trabajar el año entero para ganar dinero, sólo unos meses. Las manos menudas de los niños dejan de ser necesarias para extraer y acarrear mineral de pozos y galerías, vuelven hacer sus trabajos cotidianos como cuidar la cabra, ir por agua, traer leña… y tienen tiempo para asistir al colegio. Esto no sucedió de la noche a la mañana, hizo falta tiempo para cambiar la mentalidad de algunos padres.


Primera escuela de niños en Benínar


La escuela se edificó a mediados de siglo pero ningún maestro la quiso, había pocos docentes, estaba lejos de la capital y pagaban poco y a destiempo. Era un edificio de planta baja con una puerta y ventana sin cristales, cientos de benineros tiritaron mientras repetían el abecedario o la tabla de multiplicar.

Don Antonio, nuestro querido primer maestro, que durante treinta y un años, siete meses y tres días alfabetizó a varias generaciones, nació en Benínar el 16 de noviembre de 1828, era hijo de Juan Sánchez y María Campoy. Como puedes ver querido lector, era beninero de pura cepa.

Fue nombrado maestro de Benínar el 27 de mayo de 1856 y obtuvo la plaza por oposición el seis de agosto de 1860. En 1870 pidió la sustitución por enfermedad, lo acompañó Salvador Gallegos, después Ricardo, Jacinto… un rosario de maestros de los que ya os contaré sus historias en otros artículos y que dejaron su huella en la juventud de la época.

Foto de finales del siglo XIX . Lugar no identificado.


Don Eugenio y don Antonio no coincidieron en la misma aula pero seguro que el primero aprovechó el camino trazado por el segundo. Si ambos bustos estuvieran juntos en la plaza de Hirmes, con sus miradas dirigidas hacia Benínar, el maestro le diría al médico: “Eugenio… ¡Cómo ha cambiado esto!”.

Desde aquí quiero mandar un saludo a otro docente, casado con una beninera que me transmitió parte de sus conocimientos en los años ochenta, don Antonio Poza.


Saludos Benínar.

jueves, 19 de julio de 2018

Procesión de la Virgen del Carmen en Hirmes. 15 de julio de 2018

El pasado domingo, un día antes de lo normal, los benineros e hirmeros celebramos el día de la Virgen del Carmen con su procesión por las calles de Hirmes seguida de un aperitivo y música.

Otro año más compartiendo vivencias.





Saludos Benínar.

domingo, 22 de abril de 2018

Memorias de Benínar. Entrevista a Antonio Campoy Roda


Buenos días Benínar.

Hoy quiero llevar este blog a una nueva dimensión con la publicación de varias entrevistas que hice a ilustres benineros en un proyecto que en su día denominé “Memorias de Benínar” y que en un futuro no muy lejano acabará en papel, para así ilustrar a las generaciones venideras de cómo era nuestro pueblo contado por nuestros mayores.



Esta entrevista se fraguó el seis de noviembre de dos mil dieciséis. Ese día la Asociación Plaza de Benínar organizaba un año más su asamblea general. Había que rendir cuentas a los socios y celebrar elecciones para renovar los cargos de la dirección.


Habíamos quedado a las doce de la mañana en la puerta del ayuntamiento de Berja, nos habían cedido el salón de plenos para la reunión. Hacía un día radiante, soleado, los virgitanos tomaban el sol en los bancos de la plaza y un gitano con unas canastas de mimbre sobre su espalda iba de banco en banco tratando de venderlas.

Al llegar vi alguien al lado de Paco Ramón, nos saludamos con una interrogación en la mirada, me dije “me suena esta cara… ¿Pero quién es?”. La respuesta llegó más tarde, después de la asamblea.

Es costumbre que después de dicho evento los socios nos tomemos una cerveza antes de irnos, esa vez fue en el bar que hay en la Estación de Autobuses de Berja. Al llegar, nos sentamos por casualidad uno al lado del otro.

Mi interés por aquella persona hizo que le preguntara “¿Usted es de Benínar?”

“Claro, me llamo Antonio Campoy y viví en el molino de la Carigüela”, respondió.

Paco Ramón apuntilló “es Antonio Perejil”. En ese momento eché mano de la grabadora digital que llevo siempre para grabar las reuniones de la Asociación y le pregunté “¿Antonio, te importa si te entrevisto?”.

“Pues venga”, contestó.

Llevo muchos años investigando la historia de nuestro pueblo y en especial la de su industria (que era en exclusiva familiar, a excepción de las minas). El molino de la Carihuela (o Carigüela) fue construido en 1837 por Antonio Quevedo, rico hacendado, vecino de Turón y estuvo en servicio durante 140 años. Por fin conocía a alguien que vivió en ese lugar y podía contarme cosas de allí, no iba a desaprovechar la ocasión…

¿En qué año naciste? Le pregunté.

“Nací el 25 de noviembre de 1939, en el molino de la Carigüela que estaba en los Majalones. Mis padres se llamaban Andrés Campoy Maldonado y Dolores Roda Maldonado, si en vez de ser el primer apellido fuera el segundo sería Maldonado Maldonado”.







Debo reconocer que en ese momento me quedé incrédulo, mucho es el tiempo que he dedicado a investigar la historia y origen de los molinos de Benínar y allí, delante de mí tenía historia viva de un molino.

“Pero bueno, yo estoy hablando contigo y no sé de qué familia eres… ¿Tú remaneces de Benínar también?” Me pregunta.

“Yo soy de la familia del Ebanista”… en ese momento cambió su cara adquiriendo confianza y tranquilidad, ya me había situado dentro del organigrama beninero. 

“Antonio, ¿Cómo era ese molino?”

“El molino era de mi padre que lo heredó del suyo, también las tierras que había alrededor.
Tenía una piedra de moler, el agua la cogía de la Acequia de la Vega que cogía el agua de la parte alta, cerca de Darrícal, era el molino que más agua tenía siempre, en verano subía la gente a llenar agua allí para llevársela para la casa, los animales…

Se vivía a gusto en el molino, si aquello existiera yo estaría por allí. En la puerta había naranjos, limones, limas, olivos, en los alrededores de parra y bancales para arriba, en verano daba gusto estar allí. En verano salía el agua por la puerta del molino, la acequia para abajo… yo llegaba cansado de la vega, en la puerta había un par de trancos, me sentaba allí y me quedaba frito.

El molino miraba de cara al sol, pero allí no entraba porque aparte del chambao de la portada, teníamos un emparrillao de parras hasta la salida del agua de uva blanca clarilla y molinera. De pequeño me bañaba en la acequia, me tiraba por arriba y salía por lo hondo, en el cubo del molino no me fiaba porque tenía una profundidad grande, era peligroso, hacia falta de que mi padre lo supiera de que había gente arriba bañándose porque si no a lo mejor venía poca agua y se la chupara, y sin darte cuenta estabas dentro del pozo aquel y te ibas metiendo para abajo, y no te enterabas y cuando querías echabas mano y no podías agarrarte. Sabiéndolo ellos no había problema, te bañabas tan a gusto.”

¿Cómo era el molino por dentro?

 “Tenía dos plantas, una nave al entrar con una chimenea, de las antiguas donde en invierno nos calentábamos todos y nada más subir unas escaleras estaba el molino y arriba había otras que subía a la planta de arriba que era donde teníamos la vivienda. El molino tenía un cubo que se llenaba con el agua de la acequia, con una compuerta que se abría desde dentro, tenía una llave que abría la compuerta y salía el agua con fuerza a parar a las aspas que llevaba el rodezno, aquello giraba y era lo que hacía moler.”







¿Qué se molía?

“Se molía trigo, cebada y maíz… pero no habas, para estas tenía que estar el molino preparado, es más gorda y no entraba. La piedra que había tenía unas picauras y aparte de estas llevaba una estría que por allí iba entrando el grano. La piedra cada cierto tiempo había que picarla, lo hacíamos nosotros mismos, hasta hace poco tiempo tenía en el dedo un trozo de metralla de una vez que piqué, saltó y se metió en la mano. Se le daba la vuelta y se hacía con una piqueta que acababa en fino se iba haciendo la figura. La piedra de abajo era plana. Se empezaba a picar del centro hacia la orilla, dejando uno sí y otro no, si tienes una hoja te hago un dibujo.”

“En el centro de la piedra había un vacio, aquí iba el eje que la hacía moler, esto era el agarre de la piedra, el eje bajaba para abajo donde estaban las turbinas con las aspas que la hacían moler…” Nos interrumpe el camarero preguntando que queríamos beber en la segunda ronda y la tapa.

A los pocos minutos Antonio continua, “cada golpe que se daba con la piqueta se hacía un pequeño hoyo, va de mayor a menor y en la siguiente hilera se picaba debajo de los hoyos de la anterior, de forma que la piedra no quedaba lisa. Se picaba según se molía, a más molienda más desgaste”.

¿Qué se cobraba por moler?

“Se llamaba la maquila, variaba según la cantidad, si era un costal tocaba más o menos un celemín. Si era grano fino se enrasaba con un palo redondo, si era grano gordo no se enrasaba el celemín ya que ocupaba más huecos el grano.” 







¿Iba gente de todos sitios a moler?

“Los del pueblo, también de Turón teníamos muchos clientes”

¿Cuándo dejó de moler?

“A poco de marcharme yo porque mis hermanos se fueron yendo. Éramos cinco hermanos, primero se fue Ángel, después mi hermana, Manuel… sobre el uno se iba el otro. Yo me fui en el 74, primero a Alemania donde estuve siete años y pico, entonces nos vinimos a Cataluña, no estaba la cosa muy bien, empecé a trabajar en las minas de Suria, que estaba un tío de mi mujer allí y estaba yo ya aburrido, donde sea me engancho. En la mina me dieron todas las categorías porque empecé de ayudante y terminé con la categoría de minero, me dieron un tractor con pala, alemana, con la que limpiaba las galerías, salía de culo e iba a los vaciaeros donde por debajo iban unas galerías con raíles y vagones, las cargaba.

Aquel pozo tenía unos 800 metros de profundidad, había dos ascensores que subían las personas y los vagones de mineral para vaciarlas. Allí estuve trabajando un año y pico nada más, cuando encontré otra cosa me marché.”

Volviendo al molino Antonio, ¿Cómo fue la época de la posguerra, que me puedes contar de la fiscalía?

“La fiscalía de tasas como la llamaban venían con un jeep y había quien avisaba corriendo antes de que llegaran al pueblo, primero entraban a los molinos que estaban en el río, a las almazaras… a veces como te pillaran… si tenías declarados 50 kilos de trigo y te pillaban 60, te los quitaban y encima te venía la multa. Muchos de Berja han cogido y han ido a caso hecho a avisarle a mi padre a decirle a qué hora pasaba la fiscalía y el mismo que nos avisaba nos ayudaba a sacar el material que teníamos de más a esconderlo en la vega hasta que se iban. Cuando menos te lo esperabas se presentaban, y anda que el jeep… ya lo conocían, apenas asomaba por el Collao…  aquello subía una montaña y no se enteraba… aquellos tiempos mejor que no vuelvan.

“También se pagaban los arbitrios, el cobrador del ayuntamiento era el alguacil, uno que llamaban “el Moñico”, llevaba una trompetilla. Recuerdo una vez que la tocó y dijo: por orden del señor alcalde, que se presenten hombres chicos y grandes en casa de Frasquito Díaz…”

¿Os robaron alguna vez?

“No, entonces dormíamos allí con la puerta abierta. La Guardia Civil iba todas las semanas, eran buenas personas, llenaban las alforjas y se iban llenos de naranjas y de todo lo que había allí, claro, los pobres se portaban bien. Dormían en la portada, donde teníamos las bestias, se liaban en los aparejos de las burras nuestras, se enroscaban y allí dormían.

“Aquello era el refugio de todos los que tenían un bancal en los alrededores, lo mismo de noche que de día, la puerta siempre estaba abierta, teníamos las cantareras llenas de agua de la Cañaroa, entonces los vecinos, Juan Sánchez… iban allí, bebían, se sentaban en el portal, se tendían al fresquito y de noche cuando iban a regar pasaban la noche, abrían la pará de agua porque se regaba a manto y ellos se iban allí a fumar el cigarrillo y pasar el rato, cuando el agua llegaba al final de la merga la cortaban y a otra.” 





¿Recuerdas alguna anécdota graciosa que te ocurriera en el molino en el molino?

Teníamos un rosal en la entrada que salía el tronco entre la salida del agua y la puerta, pillaba toda la pared del molino, eran rosas blancas. Llegaron una vez ocho o diez chicas jóvenes, de mi edad y mayorcillas, le piden rosas a mi padre y les dijo que se podían llevar todas las que quisieran pero que a cambio le tenían que dar un beso a mi Antonio, a mí. Las chicas estaban muertas de vergüenza pero es que yo tenía más todavía, me puse al rojo vivo, se fueron acercando una a una y me iban dando un beso. Una de las que iba era una prima hermana mía, hija de mi tío Eduardo, que decía que por un puñado de rosas ella no le daba un beso a nadie. ¡Pues te vas a ir sin rosas! le dijo mi padre, y se fue sin rosas aquel día. Todas me dieron un beso menos ella.”

¿Qué fue de aquello cuando os fuisteis?

“Allí se quedó todo, luego te enteras que el uno se llevó una cosa, el otro otra y aquello fue desapareciendo, los arreos, las romanas…”

“Si hubiera habido más unión de la que hubo entonces no se hubiera dejado perder Benínar, ¡Si lo quitan de allí pues que lo pongan en otro sitio con el mismo nombre!”

Eso mismo ocurrió en Canales (Güejar Sierra, Granada). Al terminar nuestro pantano comenzaron este e hicieron por encima del pantano casas y una iglesia para todos los que quisieron, algunos viven allí y la mayoría va los fines de semana y festivos.

Saludos Benínar.

Si quieres contar tu historia, puede escribirme a indaloxes@gmail.com y nos ponemos en contacto.




© Francisco Félix Maldonado Calvache.