jueves, 31 de marzo de 2016

Vía crucis en Hirmes. 25 de marzo de 2016

"Hubo un tiempo en el que en Hirmes se hacía un vía crucis, en la zona que llamaban el Calvario", así empezaba una larga conversación que tuve con Pepe Garzón, marido de Maribel.
 
Este año se ha hecho dentro de la iglesia bajo la dirección de dos monjas de Berja. Esperemos que vengan tiempos mejores y que el año próximo se realice en nuestras calles con mayor afluencia de público. Poco a poco se van recuperando costumbres, sólo pedimos vuestra participación.
 
 






























 
 
 
Saludos Benínar.

martes, 29 de marzo de 2016

Día de convivencia en Benínar. 26 de marzo de 2016

Un año más los benineros nos hemos reunido en la tierra de nuestros antepasados para compartir vivencias, una deliciosa paella y kilos de buñuelos.
 
Aquí tenéis mis fotos, pocas pero con sustancia.


Aquí los coches

Había más

Este es el más importante

Preparando las mesas

Haciendo cola

Estos... estaban en otros menesteres.

Los maestros paelleros

Sirviendo en platos

He aquí el resultado. Rico, rico.

Degustando la paella

Aquí las maestras del noble arte del buñuelo

Ahhh, me olvidaba de esta

Y con que maña los hace

Primer plano

Menuda mujer tiene Manolo, un tesoro

Que no me olvido de ti, Gádor

No paraban de sacar bandejas de buñuelos

Aquí ayudaba todo el mundo

Buñuelos, buñuelos y más buñuelos

Todas manos a la obra

Y que aroma

Con las manos en la masa

Y es que no dejaron ni uno

Buñuelos con chocolate

domingo, 13 de diciembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

Benínar en La Voz de Almería 33 años después de su desaparición

El periódico almeriense La Voz de Almería ha publicado una serie de fotos en recuerdo al desaparecido pueblo de Benínar.






lunes, 21 de septiembre de 2015

Los niños expósitos de Benínar. Segunda parte

El por qué de este artículo nació hace años, a partir de la referencia a una factura anotada al margen de un libro de cuentas del ayuntamiento de Benínar. El doctor Carrión, hizo un pedido de material destinado a la realización de autopsias. Muchos años estuve intrigado por aquella anotación ya que una autopsia no se hace por muerte natural.

Esta es la historia.


“El invierno de 1871 estaba siendo muy frío y aquel tres de febrero todavía más. A pesar del helor, las chimeneas de las casas de Benínar sólo echaban humo cuando cocinaban, el resto del tiempo callaban… siempre a la espera de algún tronco de almendro con el que hacer buenas ascuas para los braseros. La madera era un lujo y no se podía quemar así porque sí, testigos mudos eran sus montes, eriales desde los tiempos de las minas.





Aquel día Paco Rodríguez despertó antes de romper el alba. Le gustaba retozar un rato en la cama sintiendo como las bolas de lana que llenaban el colchón acariciaban su cuerpo. Se durmió e imaginó que manos femeninas, de piel sedosa y cabellos rubios... “Joder qué frio” fue lo primero que dijo aquel día. Un tazón con sopas tibias de leche de cabra era su desayuno, no había tiempo de hacer fuego y calentarlas, con arrimarlo al brasero era suficiente. Esa mañana se le habían pegado las sábanas.

Paco vivía en la Plaza del pueblo, en el número cinco. Era una casa vieja, pequeña, de una planta. Él amaba esa casa, la había recibido de herencia de sus padres y rehecho con sus manos. En verano siempre compraba media arroba de yeso para arreglar la fachada y tamizaba la launa para el terrado. En agosto la blanqueaba con la cal más pura que daban aquellas tierras, siendo la que más relucía para las fiestas de San Roque en toda la plaza.

Paco tenía unos bancales cerca del molino del Cejor. No era gran cosa pero suficiente para comer con las cosechas que daban al año. El maíz, las papas y hortalizas que se criaban eran excelentes, su secreto era rellenarlos todos los años con el limo que arrastraba aquel río. Había olivos, naranjos, un peral, mandarino, manzano…

Aquella mañana aparejó su burra y puso camino al Cejor. Al llegar al río daba la impresión que el agua bajaba despacio, sumisa, casi con temor, “espero no tener que cruzarlo más abajo, está el agua como para hacer granizado de avellana” pensaba. El camino lo conocía de memoria, cada recodo, cada remanso… le gustaba fijarse en cómo el agua desplazaba las piedras, las empujaba con una fuerza que era constante y que aumentaba los días de lluvia. Con los años esas piedras pasaban de largo frente a sus bancales camino al mar.





Al llegar frente al molino de don Pedro López la burra paró, quedó inmóvil a modo de estatua como si un rayo le hubiera caído. En la orilla opuesta el agua mecía algo pequeño, con forma humana y cierto parecido al niño Jesús que había en la iglesia.
 
Paco no daba crédito a lo que veía, se metió en el agua y ésta le quemaba las piernas, su sangre se había helado por la impresión. Poco a poco se iba acercando, vio que de la barriga le salía un cordón… era un ser humano, una niña desnuda, recién nacida a la que el río le había arrebatado la vida.

La cogió y acercó a su pecho para darle calor, sus manos temblaban mientras la envolvía en la pelleja que usaba para resguardarse los días de lluvia, no se movía, sus pequeños dedos no reaccionaban ante aquel amor inesperado.

Paco corrió como nunca, sus pies escupían zancadas. Así llegó al pueblo, gritando y pidiendo auxilio en la casa de don Miguel, el médico, que sólo pudo certificar lo que Paco ya sabía.

En Benínar, el río se había cobrado algunas vidas pero nunca una tan joven. La noticia corrió como la pólvora, el pueblo se agolpaba en la puerta de la vivienda del médico. Los rumores se escuchaban sin cesar, incluso alguien recordaba haber oído la noche anterior gritos de parto que rasgaban la oscuridad. Se organizaron partidas para buscar a la madre, nada se encontró, solo el río conoce ese secreto.

El funeral fue multitudinario, había tanta gente que la misa se celebró en la plaza. Don Bernardo, el cura, desde el Reducto contaba a sus feligreses la historia de Moisés, el niño salvado de las aguas del Nilo y criado por un faraón…

El carpintero donó una pequeña caja que hizo con una puerta vieja. Fue enterrada en el cementerio de Benínar sin nombre pero rodeada del amor de un pueblo”.

Aquella niña nació el día de Nuestra Señora de la Purificación.  Purificación Expósito, así debería haberse llamado si la hubieran dejado en la puerta de alguna casa.

Saludos Benínar.

© Francisco Félix Maldonado Calvache.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Los niños expósitos de Benínar. Primera parte

Investigar la historia de Benínar no es sencillo, pocas veces los benineros abren sus puertas de par en par tendiendo puentes hacia la colaboración, puede más el recelo que la confianza. Nuestra historia es de todos y cada cual aporta su granito de arena, yo sólo los recojo, amaso y construyo. Sin arena no hay historia.

La palabra expósito según la Real Academia Española procede del término latino expositus que significa expuesto. Lo define como un recién nacido abandonado o expuesto, o confiado a un establecimiento benéfico.
A estos niños abandonados se les apellidaba Expósito, o se les ponía el nombre de un santo o de Dios, entre otros. Ejemplos: Roque Expósito, Javier San Juan, Adoración de Dios.


Torno donde se abandonaban los niños en los conventos

Para entender este artículo hay que situarse en la Alpujarra durante el segundo tercio del siglo XIX. La riqueza minera ha atraído a miles de personas, los pueblos sufren un desarrollo demográfico nunca visto, hay dinero y sitios donde gastarlo.

Basta con dar un ligero repaso a la historia de la humanidad para ver que es la sociedad la que impone sus reglas, la que nos dice qué se puede y no se debe hacer. Durante muchos siglos ser expósito era estar marcado por el signo del pecado durante toda la vida, ser despreciado por una comunidad que se consideraba de moral superior, donde la mayoría de los matrimonios eran de conveniencia y de poco valían los sentimientos de los jóvenes. Se reunían los padres de ambos y acordaban la coyunda, desposorio o matrimonio basándose en sus intereses económicos o sociales. La clase pudiente se reunían ante el notario y lo certificaban con un documento llamado dote en el que se describía que aportaba cada uno, los que no se podían permitir esto bastaba con la palabra y un simple apretón de manos.

Hasta no hace muchos años, para una mujer tener un hijo fuera del matrimonio era arrastrar la vergüenza durante el resto de su vida. Los embarazos podían ocurrir por violaciones silenciosas, o engañadas por pretendientes con promesas incumplidas… o por culpa de la miseria, poco pan y muchas bocas. También los había por las que realizaban el oficio más antiguo del mundo, muy demandado en la Alpujarra del siglo XIX.

En una sociedad donde las mujeres eran completamente dependientes del hombre, si éste se desentendía ¿Qué podían hacer? La desesperación nos hace cometer locuras. Abortar en la intimidad en aquella época era exponerse a morir por hemorragia o infección. Había que disimular el embarazo, parir en el anonimato y abandonar al recién nacido a la puerta de un cortijo o casa donde viviera una familia con recursos para adoptarlo o dejarlo en una iglesia o convento donde se tenía la certeza que comerían todos los días. También existieron casos de asesinato.

Era frecuente dejar una nota donde se decía que nombre ponerle al niño, también abandonarlo con ropa, todo esto le serviría a la madre en un futuro para reconocer y encontrar a su hijo.

Niños expósitos cuidados por las monjas

El artículo lo llamo los niños expósitos de Benínar porque fueron abandonados en nuestro pueblo, las madres podían ser de cualquier lugar. Hay que tener en cuenta que el pueblo estaba en un enclave estratégico, era un cruce de caminos que enlazaba la alta con la baja Alpujarra y por donde pasaban anualmente miles de personas.

Primer caso.

“En Benínar a las 12 de la mañana del día 21 de mayo de 1871 siendo Federico Gallegos Mora juez municipal y Juan Sánchez secretario, compareció Ana Rodríguez de esta vecindad, con una comunicación del señor alcalde de este pueblo para registrar una niña abandonada, como de un día de edad.

Ana Rodríguez manifestó que la niña la habían dejado la noche anterior en la puerta de su casa cortijo sito en el Cucanal de este término, cubierta por un mantillo encamado, una blusa y un pañal sobre la cabeza. Que cosido al mantillo tenía un papel escrito en el que pedían el favor se le pusiera el nombre de Angustias para sacarla en su día.

Dicha declarante dijo que se había puesto el nombre de María Angustias. Que la expresada niña, al parecer había nacido el día 20 del corriente y que no se sabían cuales sabían sido sus padres. Todo lo cual presenciaron como testigos José Sánchez García y Juan Martín Sánchez, naturales y vecinos de este pueblo”.

Segundo caso.

“En Benínar a cuatro de la tarde del día dos de mayo de 1877, ante Félix Sánchez García, juez municipal y Juan Sánchez, secretario, compareció Leonor Ruiz Sánchez, vecina de este lugar con una comunicación del alcalde para inscribir a un niño abandonado como de un día de edad, que lo habían dejado en la madrugada de este día en la puerta de su casa sita en la calle Real.

Estaba cubierto con un mantillo de [bouvarí] y un lio de ropa que contenía otro mantillo viejo de bayeta, un jubón de bayeta, un gabán de [cearaza], una camisa, un pañuelo blanco, tres pañales, uno de hilo y dos de algodón, una reata y una ombliguera.

Que se le había puesto el nombre de Francisco José Antonio Expósito y que al parecer había nacido el día primero del corriente, desconociendo quienes eran sus padres”.

El niño fue adoptado por una familia de Darrícal y falleció a primeros de septiembre de 1877.

Continuará.

(c) Francisco Félix Maldonado Calvache.

jueves, 30 de abril de 2015

La Aceitera Real

En Semana Santa suelo disfrutar de unos días de vacaciones y qué mejor sitio para pasarlos que en Hirmes. Las excursiones son una de mis actividades favoritas, cámara en mano voy fotografiando todo aquello que me parece interesante.


El Viernes Santo por la tarde junto con mi hermano César salimos a dar una vuelta por los alrededores. Seguimos el camino que sale de la fuente, pasa por el Trance y sube por encima del Tajo del Gavilán y los San Roques. A la altura del barranco de los Romperos, en mitad del camino vimos un insecto negro, alargado, de unos siete centímetros de longitud que lo cruzaba de un lado a otro con parsimonia y alevosía. Nunca lo habíamos visto y lo primero que nos sorprendió es que un manjar tan gordo y apetitoso no fuera la merienda de algún pájaro.





Os hablo de la aceitera común (Berberomeloe insignis), también conocida como carraleja, curita o curica, es una especie de coleóptero polífago de la familia Meloidae que alcanza gran tamaño, ocasionalmente más de siete centímetros, convirtiéndolo en uno de los coleópteros más grandes de Europa además de ser una especie endémica que vive desde Málaga a Murcia.
La hembra presenta bandas transversales anaranjadas que le dan un aspecto muy bonito.





Cuando se ve amenazada segrega una sustancia tóxica llamada cantaridina, que es aceitosa y provoca irritación y erupciones en la piel, vómitos, diarrea y afecciones urinarias si es ingerida, por eso, a pesar de su aspecto tan rollizo y apetitoso cruzaba tan tranquila el camino.





Tiene un ciclo biológico muy complejo. La hembra pone los huevos en un agujero que hace en el suelo y de ellos nace una larva parásita que se la denomina triungulinus, por presentar tres fuertes uñas con las que trepa por las plantas donde espera que pase otro insecto (generalmente himenópteros, particularmente abejas) de las que se cuelga. De esta forma se trasladada hasta la colmena donde se alimenta del polen y huevos de su hospedador. Dentro de la colmena realiza la metamorfosis y ya con un tamaño mayor la abandona convirtiéndose en un gran devorador de vegetación gracias a sus potentes mandíbulas.

Benínar antaño tuvo gran riqueza animal y vegetal, parte se perdió debido la presión humana. Poco a poco se va recuperando y van apareciendo especies animales que llevaban años desaparecidas, como el par de águilas que estaban sobrevolando los pinillos el día de convivencia.

Saludos.

jueves, 23 de abril de 2015

Día de Convivencia en Benínar, 4 de abril de 2015

El pasado 4 de abril la Asociación Plaza de Benínar organizó un año más nuestro día de convivencia.
Paella, buñuelos, tocino, habas, café, chocolate han sido los diversos manjares que hemos deleitado y es que, "sarna con gusto no pica".
 
El vídeo:
 
 
 
 
 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Cazando ranas. Memorias de un niño en Benínar (Almería).

Con el devenir de los años empezamos a añorar con frecuencia los recuerdos de la niñez, los consideramos como los mejores, los más puros y agradables, recordados siempre con la ternura y el cariño de la inocencia de un niño.

Libres de ataduras y preocupaciones los niños desarrollan su inventiva e imaginación, llenan su vida de sueños y aventuras. En Benínar se tenía esa libertad y la seguridad para corretear por sus calles y veredas sin temor a peligros o tribulaciones.

Hace treinta y pico años junto con mi amigo Pedro Sánchez (nieto de Emilia Martín y de Antonio el de Pedro) íbamos a cazar ranas al río con los arcos y flechas fabricados con las ramas de los taray que crecían en la parte de baja de la ramblilla, aquella que estaba próxima a unirse al río. Con Paco y Antonio Ruiz jugaba en sus casas al escondite o correteábamos por calles, bancales o montes, eran otros tiempos, buenos tiempos.
 
Cazando ranas


Mis aventuras casi siempre comenzaban atravesando la puerta de la Molineta, puerta con una mirilla tan grande que se podía meter la mano. Nunca entendí para qué la querían… ¿Quién iba a mirar por ahí?

Al traspasar aquella puerta se agudizaban los sentidos, era como pasar a otra dimensión, el camino se curvaba a la derecha y siempre alguna “charla” escandalizada levantada el vuelo asustada por mi presencia. Unos metros más allá, a la izquierda había un pequeño muro, de no más de sesenta centímetros de alto por el que se saltaba y caías al borde de una pequeña balsa. Allí me paraba siempre a observar unos insectos de largas patas que correteaban por encima del agua, años después entendí cómo desafiaban la ley de la gravedad y no se hundían, son cosas de la física, de la tensión superficial, eso es lo que me decían los libros.

Al lado de la balsilla, en la puerta de la cochera de la casa de Juan Ruiz había un hermoso caqui, sus frutos eran tan grandes que uno solo te llenaba los ojos y cubría las manos. Los maduros, al sorberlos hacían resbalar un hilillo de dulzor fuera de la boca que dejaba de caer con un suave pendular de la lengua.



Caqui



Justo enfrente, al lado de la carretera había una parata de naranjos que pertenecía a Juan Baños, eran de la variedad washingtonia, grandes como meloncillos y dulces como el almíbar, con esa peculiaridad de tener un ombliguillo en el culo. Todos los años veía a padre e hijo llenar cajas y meterlas en un camión. Su fin era la exportación, como todo lo bueno que se producía en Benínar.

En el pueblo era menester llevar navajilla, todos los varones la llevábamos ya que resultaba de extrema utilidad para cortar ramas, cañas o pelar alguno de los frutos que nuestra vega era tan prolífica en criar.

Pasados los naranjos llegaba a los sifones, me gustaba sentarme en su piedra caliza y mirar a sus adentros ya que era frecuente ver atrapada alguna culebra en sus profundidades. Encima, coronando el cielo, había una enorme brevera cuyo fruto nunca caté ya que siempre estaban llenos de gusanos y durante décadas engordó a más de un marrano del pueblo.
Carretera abajo se llegaba al haza de Antonio Blanco, sus olivos eran centenarios y las oquedades en sus troncos servían de cobijo a multitud de animalillos. Era una zona de arena gris traída por las avenidas de la ramblilla. Me gustaba sentarme un poco más arriba, a la orilla de la acequia y observar las idas y venidas de los pajarillos en las ramas de los olivos, sobre todo cuando llevaba la escopetilla y algunos plomos entre los dientes para recargarla más rápidamente.Allí vi por primera vez al alcaudón.


Alcaudón



Mi colega carnicero llevaba un pichote en el pico que enredó en una zarza y dio buena cuenta de él. En mi punto de mira estuvo pero pudo más mi curiosidad que las ansias de matarlo, me intrigaba que un pajarillo que no levantaba cuatro dedos sobre una rama llevara en su pico otro tan grande como él. Un sonido sordo debido a mi impaciencia puso fin al festival caníbal que se estaba dando, largándose rápido y veloz, raudo en resumidas cuentas, no quitando ojo a la escopetilla que yo sostenía y que había provocado en él tan tremendo ataque de pánico.

Al pasar el badén había un caminillo que subía hacia los Majalones, una vez allí era como estar en el paraíso. Nuestros antepasados habían abancalado mediante balates la ladera de una montaña, la orientación sur le daba unas propiedades para el cultivo inmejorables, sus olivos eran los más grandes y frondosos que se podían ver en aquellos contornos. En la antigüedad muchas fueron las idas y venidas de mulos con tierra en los capazos para rellenar los ángulos de aquel lugar hasta dejar nivelados los bancales. Tomates, pimientos, patatas, boniatos… se criaban en aquel lugar, los mejores de la Alpujarra, solían decir sus dueños.



Olivo milenario en Grecia



Recuerdo a mi primo Aurelio mancaje en mano levantando los lomos para sembrar las patatas, escardar las habas o recolectando los cacahuetes que tanto le gustaban. Recuerdo haber visto a un muchacho llamado Paco Roda estudiando debajo de un olivo, más de una vez me he preguntado cómo podía estudiar en un lugar tan bello, cómo podía concentrarse con el cantar de los pájaros, el arar de la tierra o el regato del agua.

Estos son los recuerdos de un niño convertido en hombre. Tuve la suerte de poder pasar parte de mi infancia en una tierra a la que tanto amo y que tantos recuerdos me ha dado.

Saludos Benínar.